LA CEREMONIA DEL TÉ
El samobar es como un calentador de agua con una pequeña tetera encima. El té se sirve en vasitos de cristal fino y con una forma ligeramente acampanada, se elabora con ¼ de te negro muy concentrado y ¾ de agua del samobar. Su aroma puede provocar nostalgia.
Se acompaña de dos terrones de azucar.
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A veces los recuerdos, son una mezcla de lo que pasó y de lo que vimos pasar. Dos semanas de viaje tan intensas son difíciles de resumir. Hubo carreteras interminables , pueblos de cuento, construcciones grandiosas , personajes fascinantes, oportunidades.
Pasamos la primera noche en Estambul, en El hotel Sultan Hill, en una calle de casitas de madera, con vistas a la Mezquita azul.
Al amanecer me desperté con el corazón encogido, una voz divina y ecualizada había entrado por mi ventana como la bocina de un barco de mercancías. La llamada era sobrecogedora. Lo siguiente fue una dulce sensación de angustia, como cuando te enamoras.. El almuecín sonaba desde todas las Mezquitas del mundo.
Eran las ocho de la mañana de un uno de noviembre y allí estábamos los seis, ansiosos por empezar el día. A esa hora, los niños entraban en el colegio a la llamada de Beethoven, y los pescadores iban a pasar la mañana a orillas del Bósforo
Estambul parecía en fiestas, toda la ciudad decorada con la bandera del país y con fotos de su dictador más querido: Kemal Atatürk que pinta como un atractivo actor de los años cincuenta. Cada 10 de noviembre, a la hora exacta de su muerte, el pueblo turco rinde homenaje a su memoria con un minuto de silencio. Es considerado como el “padre” de los turcos, pero no le dio tiempo a terminar su trabajo, dejando Turquía como la “sin papeles” de Europa.
La visita al bazar de las especias fue como el resumen de una ciudad que se divide en dos mundos diferentes. Ante mis ojos desfilaban limpiabotas, ejecutivos de anuncio, puestos de comida para palomas, mujeres policía, aguadores, adolescentes a la última y mujeres como sombras negras que huían de nuestras cámaras...
Pero no había tiempo para hacer turismo, estabamos allí para viajar. Las conversaciones fluían entre los dos coches por los walkies chinos a modo de GPS: gira a la derecha - no, era en la siguiente rotonda...¡ A la izquierda el Mar Negro, a la derecha, el de Mármara. Fotos y videos en el puente del Bósforo, sin tiempo para encuadres ni focos, buscando casualidades.
Iglesias, mezquitas, o ambas cosas superpuestas por el paso de las civilizaciones. Tiendas de Benetton, vendedores ambulantes de mejillones o carritos de simit conviviendo en una especie de calle Preciados. Callejuelas caóticas y saturadas de taksi . El trafico turco solo lo entienden los turcos, los peatones pueden salir de cualquier sitio y los conductores muestran envidiables reflejos para esquivar cualquier obstáculo. Mis compañeros de viaje se adaptaron enseguida a las nuevas normas de circulación.
Los rastros de Europa quedaron atrás, después de muchos kilómetros, y algunas paradas hidráulicas, entramos en un supermercado de carretera . Fue como tener seis años y entrar en una tienda de caramelos. Cestas de pistachos, dátiles, pasas, pipas.. mostradores de quesos, aceitunas, bandejas de baklavas..... . sacos de especias de todos los colores y todo tipo de hierbas. Todas las sensaciones olfativas y visuales que había esperado tener en el bazar de las especias, las tuve allí, en esa tienda de gasolinera.
Después de la compra paramos a comer al lado de un riachuelo, rodeados de un bucólico paisaje: sauces llorones, el suelo cubierto de hojas... A las cuatro de la tarde disfrutamos sin saberlo de un clásico desayuno turco: Pan, tomate, aceitunas, queso y algo de ahumado.
Estábamos los seis felices y en plena faena, cuando aparecieron de la nada dos militares con sus respectivos subfusiles. Se acercaron a nosotros con gesto de : y vosotros que coño estais haciendo aquí. Pero su cara cambió al ver el picnic y todo quedó en una amigable foto con ellos.. Los soldados turcos no muerden.
Otra vez en carretera se leyeron los rangos, Gustavo desde el walkie: Vale, paramos en la primera gasolinera. Pero la primera gasolinera estaba a kilómetros y kilómetros de paisajes que recordaban a España. Desde el walkie : a la derecha, el toro de Osborne...
Como nada es eterno, el segundo coche consumió toda su gasolina y se paró. No pasaron ni cinco minutos cuando teníamos a un camión dando marcha atrás en plena autovía para llegar hasta nosotros. Al mismo tiempo un coche fue reduciendo la marcha para ver también en que podía ayudar. Durante todo el viaje recibimos continuas muestras de la famosa hospitalidad turca.
Después de muchos agradecimientos atamos el coche numero dos al coche número uno. Y así, unidos por un cordón umbilical de resistente fibra, fuimos por las carreteras turcas, acelerando, frenando, adelantando camiones y quemando literalmente la eslinga, hasta la gasolinera más próxima. Solucionado el “problema combustible” seguimos camino. Pasamos cerca de pequeños pueblos donde mujeres de todas las edades se cubren la cabeza con pañuelos de colores y se van a trabajar al campo. Bordeamos Ankara, inmensa desde lejos. Y llegamos a la nacional que une Kirikkale con Kirsehir-kayseri. Hasta llegar a un solitario hotel de carretera donde hicimos nuestra primera mesa redonda, en la que se rompió el hielo y Turquía nos abrió las puertas.
En esa mesa, el té se convirtió en un ritual. El vapor que salía de nuestro infusión nos introdujo a una sobremesa redonda. Y así fue el resto de los días. Unas horas de sueño después desayunamos en esa misma mesa, los tomates sabían diferente mientras preparábamos la siguiente ruta hacia Göreme.
De camino pasamos por pequeñas aldeas al borde de la carretera donde vivían pegados a sus cementerios. Quisiera saber porqué tan cerca de sus muertos.
Llegando a Nevsehir el paisaje cambió a modo lunar. Las rocas, mezcladas con los restos de la erupción de dos volcanes, se han convertido con la ayuda del agua y del viento, en un decorado de ciencia-ficción. Valles majestuosos salpicados de formas retorcidas y caprichosas, como las chimeneas de las hadas o el castillo de Uçhisar. Son inolvidables los colores que da allí la piedra: rosas, dorados, malvas, granates, blancos...
Fuimos a una de esas pequeñas ciudades donde los hombres construyeron sus casas en las cuevas. Se sabe que algunas de esas casas estaban comunicadas con la antigua ciudad subterránea. Allí vivieron los Hiiras, Frigios, Romanos y Otomanos. Y allí vivimos nosotros durante tres días.
Llegamos temprano a Göreme Entrar en la calle central del pueblo, fue como entrar en un cuento de las mil y una noches, pasadas las tiendas turísticas, fuimos a parar a un pequeño mercadillo con puestos de fruta, chatarra, ropa. Un genuino rastro Turco. Y como música ambiental, el eco del Almuecin de alguna mezquita cercana. Los ambulantes posaban sonriendo a cámara, las bandejas con vasitos de te humeante se movían de puesto en puesto, algunos hombres jugaban al Backgamon en un pequeño parque y otros charlaban entre los puestos de alfombras.
Después de buscar cueva para alojarnos, compartimos un pot, que es un guiso de carne cocinado en una especie de ánfora de barro. El camarero rompió la parte de arriba para servirlo. Es un plato típico de la zona que hay que comer con cuidado de no masticar un trozo de barro cocido.
Luego recorrimos el pueblo hasta descubrir el Santana, una exótica tetería con ventanitas que guardan vino y lámparas hechas con trozos de instrumentos de labor y guerra. Hipnotizados nos fumamos una pipa de menta y tomamos té dejando pasar las horas entre charlas intensas y silencios. Así hasta el anochecer…
Por la mañana, el dueño de la casa nos trajo en platitos individuales, nuestro desayuno ya conocido artísticamente ordenado. El queso, la mantequilla, la miel, las olivas, tomate, rodajas de pepino... Todo brillando al sol en una pequeña cueva exterior con vistas al pueblo de Göreme,
Visitamos un museo exterior. Cuevas y más cuevas con frescos de diferentes civilizaciones. Lo que vimos sin saberlo, fue un monasterio de mujeres, con habitaciones que se comunicaban, iglesias, y comedores que parecían abrevaderos.. Algunas de las cuevas estaban cerradas al público. Como muchas otras, podían comunicarse con alguna ciudad subterránea. La visita ocupó toda la mañana y comimos en un bar muy pequeñito, de solo tres mesas. Uno de esos bares familiares en los que si pueden entrar las mujeres turcas. En la mesa vecina, cinco de ellas comían pipas y reían con frecuencia. En la mesa que quedaba detrás de nosotros, el dueño del bar comía un apetitoso guiso. Señalé el plato para pedir uno igual. No estaba en la carta, pero el hombre no tuvo inconveniente en compartir su comida con nosotros. En el tiempo que estuvimos allí no entró nadie más. Fue un agradable almuerzo turco seguido de un tranquilo paseo, una pipa y una partida de damas.
En el paseo de la tarde descubrimos una tienda de alfombras llena de recuerdos postales de todos los turistas que por allí habían pasado, tomamos un té con el dueño charlando en un ingles que yo desconocía dominar, le prometimos una postal a nuestro regreso a España.
El pueblo entero de Göreme estaba viendo el fútbol. Fuimos a cenar a un restaurante junto al Santana, no hizo falta ponerse de acuerdo, la inercia nos llevó a todos a la única mesa redonda. Nos quedamos descalzos para sentarnos entre cojines y alfombras.. Un abuelete tocaba una especie de laúd turco. Y a cada rato, aparecía el dueño del Santana para acompañarle con la percusión. Eran la B.S.O. del restaurante Como al día siguiente no teníamos que viajar, temblaron las copas de vino, compartimos platos exóticos y echamos humo de miel, entre risas y fotos sin vergüenza. Por la mañana recuerdos de la fiesta, mientras preparábamos los dos coches, revisando ruedas, ordenando un poco y después el segundo té de la mañana en nuestra íntima cueva terraza. Era noviembre, y el sol empezaba a brillar con fuerza primaveral. Ese día íbamos a ver una de las tantas ciudades subterráneas que hay en la Capadocia.
En Derinkuyu se encuentra una de esas ciudades. La entrada que en turco curiosamente se lee güiris, está junto a una bonita iglesia griega de piedra gris..
Ya dentro, cada vez más abajo, el aire se hacía mucho más denso y húmedo. Era como un hormiguero. No se sabe exactamente quien lo empezó, ni para que. Pero cavando, cavando, se hicieron más de 36 ciudades subterráneas (que se sepa) todas comunicadas entre sí y con más de dieciocho pisos hacia abajo....Allí se supone vivieron los cristianos de la Capadocia en tiempos de invasiones. Los pisos estaban distribuidos en establos, comedores, cocinas, almacenes... jugamos un poco al escondite, el sitio se prestaba. Las habitaciones se unían a través de túneles muy estrechos y bajos, con escaleras oscuras y resbaladizas. Encogidos llegamos hasta el último piso abierto al público. Una habitación con forma de cruz que llevaba a pasadizos a los que no se puede entrar. Otra vez. Me hubiera gustado ponerme una linterna de minero y entrar en uno de esos secretos túneles laberínticos. A veces mi curiosidad es más valiente que yo.
¿Que sentirían al empujar esas piedras como ruedas de molino para cegar las entradas? Miles de personas ahí dentro, encerrados largas temporadas sin ver la luz del sol, respirando el aire que entraba por las chimeneas de ventilación... ¿qué sentirían?
A la salida de la cueva, una crepe rellena de patata y verdura picante me devolvió a la realidad. El camino de vuelta fue de carreteras secundarias: viñedos, olivos... Hicimos un picnic en medio de la nada, restos del último día de campo con pan reciente.
De vuelta en Göreme, sesteamos en el Santana. Al calor de la chimenea, envueltos en un suave sopor, fue pasando el tiempo entre copa de vino y té de naranja con sabor a frenadol.
Era tarde, algunos de los puestos de comercio seguían en la calle, y nadie parecía vigilarlos. Todo estaba desierto en contraste con nuestra llegada, a plena luz del sol, llena de vida, y de colores. Era nuestra última noche allí, y la lluvia amenazaba la visita a Pamukkale.
Madrugadores bajo un cielo gris, preparamos el recorrido hacia el suroeste. Objetivo: hacer kilómetros dirección Pamukkale para poder dormir cerca de allí, y al día siguiente bien pronto, ver “el castillo de algodón”. De Göreme a Aksaray y de ahí a Konya, hasta Beysehir, donde nos metimos por una pista de barro impracticable. Solo eran las cinco de la tarde pero totalmente de noche y lo mejor era coger una carretera con algo menos de emoción.
Paramos en un pueblo muy pequeño, en un bar donde se reúnen solo los hombres a tomar el té y ver televisión. Juntamos tres mesas y ante las miradas curiosas de los abuelos, nos hicimos nuestro tercer picnic, esta vez bajo techo. Si hubo alguna aventura a lo largo de ese dia , fue la de ir al servicio. Unas escaleras estrechas y resbaladizas que daban a un patio oscuro. En el patio, un cuartito con una losa en el suelo y un agujero en medio, bueno, en realidad como casi todos los baños turcos, pero sin luz... y sin puerta. Y es que después de este viaje, se me ocurrió empezar una guía michelín de los servicios del mundo.
Continuamos hacia Egirdir, un pueblecito a la orilla de un lago del mismo nombre, como una aldea pintoresca que prometía unas hermosas vistas al amanecer. Dormimos en un albergue anexo a la Lale pensión que solo tenia habitaciones para dos de nosotros. La cena y el desayuno transcurrieron en la terraza cubierta de la pensión, con vistas al lago. Pescado fresco, pollo a la turca, y ensaladas con sabores auténticos. Hubo muchas risas, (casi hasta el dolor) Vino y té.
Por la mañana, desayuno de huevos fritos y tostadas francesas, zumo de naranja y café con leche. Suficiente energía para cambiar la rueda que nos encontramos pinchada al bajar a los coches. Mientras se cambiaba comenzó a llover, al principio tímidamente, pero pasando por Isparta comenzó un chaparrón que nos acompaño hasta Pamukkale, Al final el tiempo fue generoso con nosotros y justo después de comer, salió el sol, y allí se quedó durante el tiempo que duró nuestra visita a ese desierto blanco. Caminamos descalzos durante casi dos horas por la piedra fría, mojándonos a veces con el agua termal a 35º. Algunas de las piscinas naturales de anuncio de Danone, estaban secas. El turismo lo quema todo, lo pisa todo, lo estropea y lo transforma en parque de atracciones. A pesar de eso, las pequeñas cascadas de agua petrificadas, formando balcones blancos son un espectáculo. Arriba están las termas, restos de una ciudad santa, Hierapolis. Después de garantizarnos un bonito catarro, partimos de noche bajo una lluvia intensa y muertos de frió hacia Izmir. Teníamos la esperanza de encontrar un hotel menos rústico que los que nos habían hospedado en los últimos días.
Izmir es la tercera población mas grande de Turquía, Da la sensación de ser una ciudad muy cosmopolita, pero en ese momento solo podíamos pensar en estar bajo el agua caliente. Después de días de duchas sospechosas y con temperatura variable, por fin. LA DUCHA: Calor y presión a la carta. Nadie quería salir de debajo de una alcachofa del tamaño de un plato sopero. El frio se había instalado en nuestro viaje
Los 555km del siete de noviembre transcurrieron bordeando el Mar Egeo hasta llegar a Ayvalik, Otro pueblo de cuento,. Fue en esa ciudad donde hice la foto de mi viaje: una calle llena de vida, abuelos tomando el sol, chiringuitos playeros, una simple mesa y una bascula de bazar de antigüedades servían como tienda de tomates frescos. Tres colegialas intentando que su falda y su sombrero no salieran volando, una cuarta niña absorta, mirando como unos hombres llevaban un pequeño ataud hasta la furgoneta fúnebre de color verde manzana... La foto no se registró en ninguna cámara pero quedó grabada en mi mente al detalle.
Sentados en un chiringuito nos tomamos un descanso. El día anterior habíamos pasado frío y que ahora nos diera el solecito en la cara, con el mar de fondo y unos mejillones rebozados no tenía precio.
En Troya, paseamos entre piedras numeradas por los mismos caminos que Helena. Y como no había Ulises al que esperar, nos dirigimos a Cannakale. Cruzamos en Ferry el Mar de Marmara por la parte mas estrecha de los Dardanelos, el escenario de muchas batallas.
Esa noche, en la orilla europea del Bósforo fuimos a parar a un hotel de Tekirdag. Un hotel “inolvidable” donde nadie parecía entendernos, los yogures estaban caducados, la comida recalentada fría, y el agua en vasitos precintados. !Fue difícil hasta conseguir leche caliente! ah ¡ y de postre, el punto regional: Uno de los camareros, cantante de segunda profesión, nos trajo su historial encuadernado y nos hartamos a ver fotos descoloridas de sus experiencias artísticas. Hasta nos cantó una canción.
Por la mañana partimos hacia la frontera. El desayuno había sido bastante más agradable que la cena, gastronómicamente hablando. Era ocho de noviembre y después de kilómetros hacia Edirne, dejamos atrás Turquía. Un cartel rojo de letras blancas se despedía de nosotros con un “güle güle”.

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